miércoles, 16 de septiembre de 2009

Cruce la calle para oler aquellas flores que desde pequeña me han causado un profundo placer,
mientras pestañeaba lentamente, adormecida por el exquisito aroma, percibí a una persona que me miraba como queriendo decir algo. Me quedé plasmada por algunos segundos extrañada por este ser que no estaba ni cerca ni lejos de este mundo.

Detuvo su mirada hacia mí y comenzó a caminar lentamente dándole a entender con esa mirada tan familiar y a la vez desconocida que tenía que seguirle.

Entre tanto percibí que era más fuerte mi sentido capaz de oler toda clase de objetos de aquella vereda larga y solitaria que apreciaba como ninguna.

Negocios diversos de comida rápida, madera fresca y virgen, un perfume francés servidor de una antigua prostituta que hoy era toda una dama, y ese gato que dormía para siempre sin que alguien lo notara junto a su cascabel que olía igual a su madre.

De pronto despertó mi vista y ahí estaba aquel de nuevo, esta vez ya no me miraba; no era necesario.

No supe donde estaba, pero aquel lugar me hacia sentir acompañada como no lo hacía hace mucho tiempo. Y él..., noté que chocaba con los objetos del lugar y entonces una mirada perdida me dio cuenta que era ciego, sin embargo al mirarme era fijo, sentía que podía verme como ninguna otra persona.

¿Cómo es que se dirigía con tanta seguridad hacia el lugar donde estábamos ahora?. De a poco ese sentimiento de compañía y satisfacción se fue transformando en un profundo miedo al no saber donde estaba y mucho menos de aquel que se encontraba en el límite de la vida y la muerte. Y es que sentía que todo en él tenía una doble cara; vivía y no vivía, me era cercano y lejano a la vez, podía verme, pero al contrario no podía ver nada de lo que había a su alrededor.


De pronto respondió a una de mis tantas dudas sobre él.
-Conozco como la palma de mi mano aquella calle que tanto te gusta- me dijo con una serenidad que me dio al fin un poco de tranquilidad.
por lo menos había algo claro en él, era ciego.

Creo que nos quedamos un par de minutos sin presenciar una sola palabra.
De pronto se acercó a mí dispuesto a hablarme de nuevo. Me quedé inmovilizada al ver que me miraba a los ojos.
Yo solo quería salir de ahí, escapar, tenía mucho miedo, pero aún no se bien de que...

Súbitamente me dijo unas palabras que recorrieron todo mi cuerpo estremeciéndome:
-Estás muerta pequeña.
Lo quedé mirando asustada y comencé a temblar, a gritar como nunca antes, no sé por qué temía que fuera cierto, podía ser que fuera un loco que sólo me quería asustar, además no lo conocía.

Otras palabras cortas abundaron mi incertidumbre y tristeza:
-Te demostraré que no te miento.

A pesar de la confusión, percibí en él que no había maldad sino lastima, lo que aumentó aún más el temor en mí.

Me llevó de nuevo hacia la vereda que tanto me gustaba e hizo que me dirigiera hacia una mujer tan común como la briza que corría todas las tardes en ese lugar.
Ella no me respondió, mas aún; no se percató de mi presencia. Lo mire y con triteza en sus ojos me advirtió de su seguridad sobre... mi estado.

¡ Como era posible!- me dije- como es que no me di cuenta y mas aún, como era que no recordaba nada.

Nuevamente como adivinando mi pensamiento, me tomó de las manos dulcemente y temblando me dirigió con mucha paz hacia donde creo que fue mi pasado. Digo creo, porque aquella niña con infancia de películas francesas se suponía que era la mía, sin embargo, a pesar de la inexplicable nostalgia que sentía no recordaba nada.

En ese momento vi a mis padres llamándome con tanto cariño que sin darme cuenta salió una lágrima que se deslizó hasta llegar a mi mano izquierda. Quería acercarme a ellos, pero algo me lo impedía.

Una luz parecida aun flash me llevó a la calle Panamá, aquella calle donde todos los días olía las exquisitas flores del lugar.
Estaba sola, y la mujer que hace unos minutos me había ignorado completamente, esa vez me saludaba con una cordialidad que me era muy común en ese entonces.

Cogí mi flor favorita y sentí que volé entre el aroma, caminé sin sentido y con los ojos cerrados concentrada en mi flor, impidiéndome ver hacia donde me dirigía.
Un flash de nuevo y el grito estremecedor de mi madre marcaron el fin de mi niñez en este mundo.
Extrañamente no volví a sentir el impacto del camión que me quitó la vida. Y esta vez a pesar de mi profunda pena al darme cuenta que no pertenecía a este mundo, sentí una paz nunca antes experimentada.

Miré nuevamente a aquel hombre que tanto le debía y lo abracé como para decirle que no sabía lo que vendría de aquí en adelante.

De pronto sin darme cuenta me alejé de él y de este mundo. Vi por última vez con tristeza aquella calle y las flores, pero a mis padres los seguí viendo y sintiendo a lo lejos.
tuvieron otro hijo al cual aprecio mucho, ya que me permitió estar en paz sin temer que mis padres sufrieran por mi culpa.

El lugar en el que estoy es hermoso, aunque no logro ver nada, por lo menos con mis ojos.

He descubierto que a pesar de estar muerta, maduro día a día, aunque no sé si puedo decir o dimencionar el tiempo en días o en años.
También descubrí que la verdadera felicidad y belleza es realmente invisible a los ojos.
Como aquel hombre, tan sabio y maravilloso que me tendió la mano y que a pesar de no ver las cosas de ese mundo, puede ver la vida como nadie verdaderamente.

O tal vez peor, la gente del otro mundo no se da el tiempo de ver las maravillas que hay a su alrededor hasta cuando ya desaparecen para siempre.


FIN.

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